He dedicado toda mi vida al delito. He pasado cuarenta años, día a día, en la cárcel. He dirigido varias prisiones —Nanclares de la Oca en Álava, Picassent en Valencia, el Psiquiátrico en Alicante, Palma de Mallorca— y he estado en primer línea cuando los etarras mataban un día sí y otro también. Esta no era mi idea de la vida, mi trabajo me resultaba monótono y aburrido. Lo realmente interesante es la literatura y ahora me puedo dedicar a ella. Ni cárceles, ni despachos. Ni burocracia ni procedimientos administrativos que son todos igual de escleróticos y de encorsetados. Novela negra y novela histórica, dos grandes placeres.

En mi último libro —En la cuerda floja— es las dos cosas, histórica y negra. Deliberadamente me he cuidado muy mucho de reflejar en ella nada que haya conocido en mis años como director de la cárcel de Palma. He disfrutado escribiéndola porque he tenido que repasar noticias y periódicos de los últimos veinte años para no apartarme ni un centímetro de la realidad, por eso es histórica. Es negra porque tiene todos los ingredientes del género: policías y delincuentes —también algún policía que reúne ambas etiquetas—, intriga y crímenes de todos los calibres. Como en muchos otros libros que he publicado en ECU, hay aquí un auténtico mosaico de cómo es el ser humano y, más que novela, casi podría ser un tratado sobre la conducta de los hombres.

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